La traición de mi mejor amigo

Cuando era chico, en los recreos del colegio existía una costumbre que me aterraba. Uno –cualquiera– gritaba “¡Montonera a Fulanito!” y todos salían corriendo persiguiendo a Fulanito hasta derribarlo y aplastarlo tirándose arriba, formando una montaña humana. Era raro que saliera lastimado, pero Fulanito no la pasaba bien.

Recuerdo que vivía intranquilo en los recreos rezando para que no gritaran mi nombre. Un día lo gritaron y salí corriendo lo más rápido que pude. No lo hice para demorar lo inevitable, tenía la esperanza de que el timbre me salvara, si lograba aguantar lo suficiente. Pero no fue así. Pablo Badaraco me alcanzó y me tiró al piso. Pablo era uno de los más rápidos y, por lejos, el más fuerte de todos. Una vez derribado, todos se empezaron a tirar encima de la montaña que se iba formando. El miedo se transformó enseguida en una profunda desilusión. Pablo era mi mejor amigo. Y no sólo eso, le había confesado que me aterraban las montoneras. Me sentía muy traicionado. Mientras pensaba en la traición de Pablo noté que, aunque estaba en la base de una montaña humana de 30 compañeros, no sentía peso sobre mi cuerpo. Entonces, me di cuenta de que Pablo, encima de mí, con una fuerza increíble, hacía de escudo o techo protector y soportaba sobre su espalda a todos mis compañeros. Yo, debajo de él, estaba libre. Logró aguantar todo lo que duró la montonera y salí ileso. Me derribó para quedar justo arriba de mí y poder protegerme. No me había traicionado, me había salvado.

Hace algunos años, cuando después de varias décadas volví a entrar en contacto con Pablo, me acordé de esta anécdota y se la conté a mis hijos. Uno o dos años después en el grupo del chat del colegio de ellos, un padre nos pidió que habláramos con nuestros hijos porque le estaban haciendo bullying al suyo. Le escribí inmediatamente pidiendo disculpas y diciendo que esa misma tarde lo haría, pero me contestó que mi hijo era el único que lo defendió. Cuando llegó del colegio y le conté lo que pasaba, mi hijo me dijo: “Obvio, Pa, yo fui su Pablo Badaraco”.

Las historias tienen un impacto tremendo. Como un buen anticuerpo, quedan ahí latentes hasta que se activan en el momento oportuno. Sirven para transmitir ideas, valores, mover a la acción, o incluso ayudar a que te conozcan mejor. Aprender a contar historias es una herramienta fundamental para influir positivamente en los demás.

En el taller de storytelling que comienza el lunes aprenderemos a contar historias. Veremos qué tipo de historias hay, cómo encontrar la historia adecuada para nuestro objetivo, cómo organizarlas, cómo embellecerlas y hacerlas más efectivas. Y cómo contarlas. Seguro viviste o presenciaste muchísimos hechos en tu vida que merecen ser encapsulados en una historia, para que puedan influir a otros como lo hicieron con vos. Vení y aprendamos juntos a hacerlo.

Las clases son por Zoom y también las podés ver por video. Te podés inscribir aquí: https://institutobaikal.com/escuela-de-oratoria/.

Te espero,

Christián Carman