Anaxágoras y el ayuno de respuestas

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Por Christián Carman

Sócrates no tiene la más mínima esperanza de salir absuelto. No se defiende para salir libre. Se defiende porque le indigna la liviandad de las acusaciones que inventaron para sacárselo de encima. Los malos argumentos lo enojan. Lo acusan de impiedad y de ser una mala influencia para la multitud de jóvenes que lo siguen. Dicen que les enseña que el Sol y la Luna, venerables dioses, están hechos de tierra y piedra. “¿Cómo puede ser que tenga tantos seguidores si enseño lo mismo que Anaxágoras? Cualquiera puede leer esas ideas comprando hoy mismo uno de sus libros por apenas una dracma”. Cuando hace unos años leí esa respuesta de Sócrates, me corrió un escalofrío por todo el cuerpo: Hoy no se conserva ninguna obra de Anaxágoras. Tratamos de reconstruir lo que pensaba mendigando algunos fragmentos dispersos por ahí. ¡Una obra completa de Anaxágoras! ¡por una dracma! Si hubiera estado ahí, presenciando la defensa de Sócrates, tal vez lo habría abandonado para ir a comprarme un ejemplar.

Anaxágoras fue un gran pensador. Inmenso. Le decían: “la mente”. Abandonó toda su fortuna para dedicarse tiempo completo a estudiar los astros. Y fue, creo yo, el protagonista de la tarde en la que la astronomía más avanzó en toda su historia. Fue el primero que entendió que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol. Entendió así cómo se producen las fases de la luna. Pero también los eclipses. En un eclipse solar, es la luna la que tapa al sol; en uno lunar, la sombra de la Tierra se proyecta sobre la luna. Pero si la luna tapa al sol, es porque está más cerca que el sol. Y si parecen del mismo tamaño, pero el sol está más lejos, el sol es más grande que la luna. Y si la sombra de la tierra proyectada sobre la luna es circular, la Tierra es esférica.

Todo en una tarde. Un avance impresionante y, sin embargo, nada de lo que dice nos genera mueve un pelo. ¿Cómo habría de hacerlo si lo sabemos ya desde la escuela primaria? Ése es el punto: nos han dado las respuestas a preguntas que todavía no nos habíamos hecho, por eso no nos conmueven las respuestas. Nos dijeron que la Tierra era esférica antes de preguntarnos qué forma tenía, nos explicaron los eclipses antes de haber visto uno en vivo. Nos espoilean todo el tiempo las preguntas y, así, no disfrutamos las respuestas. Son respuestas que matan las preguntas antes de que nazcan. Nos perdemos de la fascinante sensación que produce la ignorancia, –“asombro” llamaban los griegos a esa sensación–. Yo creo que debería ser incluido entre los derechos del niño el de ver un eclipse en vivo sin saber qué es lo que está pasando. Hagamos el esfuerzo de hacer un ayuno de respuestas por un tiempo, para saborearlas más cuando las encontramos. Date un tiempo para disfrutar, entre que tenés una pregunta y googleás la respuesta.

Christián Carman