Anselmo y su argumento ontológico

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Por Christián Carman

Hay obras de arte intelectuales. Provocan en el alma las mismas sensaciones que una pintura, una escultura o una sinfonía, pero salteándose lo sensible. Es una captación directa de la belleza intelectual. De la armonía entre las ideas que se conectan. De su simplicidad. El gran físico alemán del siglo XX, Hendrik Lorentz, dijo de la teoría de la Relatividad: “quien ame la belleza debe desear que ella sea verdadera” y Hans Einstein, el hijo de Albert, dijo de su padre que “tenía un carácter más de artista que de científico… Para él, el elogio más alto para una buena teoría no era que fuera correcto o exacto, sino que fuera bello”. La teoría de la Relatividad es una obra de arte científica, para quien sepa apreciarla.

Pero también hay obras de arte filosóficas. Probablemente la más fascinante la esculpió Anselmo de Canterbury, un monje medieval especialmente lúcido. Sus compañeros de monasterio le pedían que encontrara una prueba irrefutable de la existencia de Dios. Querían convencer con argumentos a los ateos. Esa fue la ocasión.

Ésta es la obra: cuando un ateo niega la existencia de Dios –arranca Anselmo con su cincel– entiende lo que dice. Entiende lo que está negando. Eso quiere decir que el ateo tiene en su mente la idea de Dios, pero le niega realidad. Decir “Dios no existe” es como decir “Dios existe en mi mente, pero no en la realidad”. Ahora, ¿qué entiende el ateo por “Dios”? Bueno, en general –sigue golpeando Anselmo–, todos, los que lo niegan y los que lo aceptan, entienden por Dios algo así como “lo máximo pensable”. Dios es lo máximo. Un ser que es perfectísimo. Que tiene toda posible perfección. Los ateos dicen que ese ser no existe, los creyentes que sí. Pero entienden lo mismo. De hecho, si no entendieran lo mismo, no habría oposición entre ellos. Dios es el ser mayor del cual nada puede pensarse. Si se puede pensar algo mejor que X, entonces, X no es Dios, sino eso mejor. Bien. Cuando el ateo dice “Dios no existe”, dice: “el ser del que no se puede pensar nada mejor no existe”, o sea, “el ser del que no se puede pensar nada mejor existe en mi mente, pero no en la realidad”. Pero eso es contradictorio –cincelazo genial– porque se puede pensar uno mejor que el que existe en la mente pero no en la realidad, justamente el que existe en la mente y en la realidad. Al negarle la existencia real, el ateo le está negando una perfección a Dios y, entonces, eso que está pensando no es Dios, es un X del que se puede pensar algo mejor, el que existe en la mente y en la realidad. Si el ateo se contradice al negar a Dios, Dios existe.

Una obra de arte. Quien ame la belleza, debe desear que sea verdadera.

Christián Carman