Aristóteles y la filosofía de abrir un regalo

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Por Christián Carman

Si algún día estás deprimido, pero deprimido en serio y pensás que definitivamente la vida no tiene sentido, andá a una juguetería, comprá el juguete más maravilloso que encuentres, pedí que te lo envuelvan para regalo, luego salí y buscá un niño o niña de unos 4 o 5 años para regalárselo. Y mientras lo abre, mientras rompe desesperadamente el paquete, no saques tu mirada de su rostro. No debe existir una cara que exprese más genuinamente la felicidad. Esa mezcla de ansiedad, de asombro, de agradecimiento y admiración, te va a contagiar. Y, si se te contagia, te cura.

Ese sentimiento de admiración es, dice Aristóteles, el fundamento de la filosofía. La admiración reconoce al mismo tiempo su ignorancia y su deseo de conocer. No sé lo que me estás regalando, pero me muero por saberlo. Ese amor al conocimiento que surge de la admiración es, justamente, la filosofía. La filosofía, así, más que un conocimiento es una actitud frente a la vida. El más sabio de los filósofos, si ya nada lo conmueve, si todo lo aburre y nada lo asombra, es menos filósofo que un niño mirando absorto un insecto.

Todos sabemos que la clave de la felicidad está, un poco, en recuperar el niño que llevamos dentro. Aristóteles nos ayuda a identificar qué aspecto de la niñez es esencial recuperar para la vida feliz: la admiración. Vivir la vida como un don, como un regalo, dice San Agustín, es la clave de la felicidad. Vivir cada momento como un regalo que tenemos que desenvolver.

Christián Carman