Busa, Tycho y el jardinero de Oxford

En 1995, cuando cursaba cuarto año de Filosofía en la UCA, vino a dar una charla Roberto Busa, un sacerdote jesuita. Cuando llegué, ya había arrancado.

No éramos muchos, estábamos parados en la biblioteca del subsuelo de la vieja sede de Filosofía y Letras, a una cuadra del Congreso. Era muy chiquito, ya anciano, con manchas en la cara y su pelo, completamente blanco, peinado para atrás. Vestía su impecable sotana negra. Nos contó que cuando quiso hacer su tesis de licenciatura sobre la interioridad en Santo Tomás de Aquino, se encontró con que era imposible rastrear ese tema en las obras de Tomás. Existían algunos libros con índices que incluían las palabras importantes de Santo Tomás y que te decían en qué parte principalmente trataba esos temas.

Pero su tema no figuraba porque Tomás usaba la combinación de dos palabras muy comunes para hablar de interioridad. “Essere-in” (ser-en). Ningún índice la incluía. Así, al terminar la tesis, con 36 años, se propuso crear el Index Thomisticus. Un índice en el que estuvieran absolutamente todas las palabras que aparecían en las obras de Tomás. Calculó que necesitaría un fichero con un metro veinte de altura, un metro de profundidad y ¡noventa metros de frente!

Cada día se levantaba y arrancaba donde había dejado el día anterior. Leía una palabra de la obra de Santo Tomás, se levantaba a buscar la ficha de esa esa palabra, la sacaba, anotaba la referencia, la guardaba prolijamente y volvía al escritorio a leer la siguiente palabra. Así lo hizo con todas las palabras de las más de 70.000 páginas que componen los 56 volúmenes de la edición leonina de las obras completas de Santo Tomás. Por la palabra Deus, por ejemplo, se levantó 24.540 veces, por la palabra non, unas 141.038 veces y por la palabra et, 380.171 veces.

En 1980, después de más de 30 años de trabajo, terminó. Y publicó el Index (que hoy está online (http://www.corpusthomisticum.org/it/index.age). Unos años después, me lo encontré en Europa, en un congreso sobre lógica aristotélica. Habíamos ido con unos amigos italianos y escuchábamos muy atentamente a unos filósofos, jóvenes, de unos treinta y pico de años. Estos oradores la rompían, hablaban de problemas y paradojas que tenía el principio de no contradicción de Aristóteles. Estábamos fascinados. Y Busa, que estaba sentado justo detrás de nosotros, se debe haber dado cuenta, porque se inclinó hacia nosotros y casi en secreto nos dijo: “prima dei quarant’anni dell’essere e il non-essere, non si può dire proprio nulla” (antes de los cuarenta años, del ser y del no ser, no se puede decir absolutamente nada). 

Busa sabía que, para ciertas cosas, hay que tener paciencia. Mucha paciencia y perseverancia durante años, o décadas.

 

La misma que tuvo Tycho Brahe, un astrónomo de fines del siglo XVI. A sus 17 años los planetas se alinearon, literalmente. Júpiter y Saturno estaban en conjunción y a él le impresionó el gran error que tenían todas las tablas astronómicas del momento. Se habían equivocado con varios días de diferencia en la predicción.

Era época de grandes reformas en la astronomía. Veinte años antes se había publicado el De Revolutionibus, en el que Copérnico proponía el heliocentrismo. Pero, incluso las tablas basadas en Copérnico tenían grandes errores. El punto no era elegir qué giraba alrededor de qué. El tema era observar pacientemente el cielo para armar modelos con los parámetros correctos. A los 17 años, Tycho decidió dedicar su vida a eso. Y la dedicó.

Durante años y años, todas las noches se ponía a observar el cielo y a registrar sus observaciones. En la noche del 11 de octubre de 1601, cerca de cumplir sus 55 años, empieza a padecer la enfermedad que a los pocos días acabaría con su vida. Las últimas observaciones que se registran en sus apuntes son de esa misma madrugada. Sus observaciones permitieron que Kepler revolucionara toda la astronomía, como Tycho soñaba. 

Tycho también sabía que, para ciertas cosas, hay que tener paciencia. Durante décadas. Durante toda la vida.


El 29 de enero de 2012 estaba en Oxford. La arquitectura es una locura, harrypotteresca. Pero yo estaba fascinado con los parques. Hacía pocos años me había mudado por primera vez a una casa con jardín y, a pesar de mis esfuerzos, no lograba tener un parque decente. El parque del Trinity College, en cambio, era perfecto, cada uno de los pastitos en su lugar, con su altura exacta, formaban franjas a dos colores como la de los estadios europeos. Miré durante un rato largo al jardinero. Un viejito encorvado con sombrero de paja y ropa gastada. Quería ver cuál era su secreto, pero hacía exactamente lo mismo que yo hacía en mi parque. Me dio bronca, así que me acerqué y lo más amable que pude le dije: “lo estoy viendo trabajar y parece que Ud. hace exactamente el mismo trabajo que yo vengo haciendo desde hace más de tres años en mi parque. Pero el suyo está perfecto y el mío es un desastre. ¿Cuál es el secreto? ¿qué hace de distinto?”.

El viejito debe haber percibido que lo mío era más un reproche que una pregunta. Me miró con los ojitos vidriosos y me dijo. “Muchachito, nosotros hacemos exactamente lo mismo que Ud. hace desde hace 3 años. No hay ninguna diferencia.” Se inclinó y siguió podando. Al ratito me volvió a mirar y me dijo: “excepto que nosotros lo venimos haciendo hace 800 años.”  

El jardinero sabía que, para ciertas cosas, hay que tener paciencia. Durante muchas vidas, durante siglos.

En esta época en la que, antes de arrancar a leer este texto, te fijaste qué tan largo era, me gusta honrar a Busa, a Tycho, y al jardinero.