El diálogo: del comercio a la donación

Por Christián Carman

Hoy en día se habla mucho de la importancia del diálogo. Sin duda es fundamental recuperar el lugar que el diálogo puede tener en nuestras vidas. Pero digo recuperar y no ganar porque es algo que se perdió. No sé si en la antigüedad se dialogaba más que ahora. Pero sí que se dialogaba de otra manera. Al menos, así nos lo enseña Platón. Probablemente no haya filósofo en toda la historia que haya insistido tanto en la importancia del diálogo como Platón. Platón escribió sólo diálogos, porque su maestro, Sócrates, hizo del diálogo su estilo de vida. Para Sócrates, el diálogo era su forma de relacionarse con los demás, de enseñar y aprender, de conmover y conmoverse, su herramienta predilecta para transformar y transformarse. De hecho, sólo sabía dialogar. Cuando estaba obligado a dar un discurso, o sea, cuando no podía preguntar y responder, estaba sumamente incómodo. Sabía dialogar. Pero no sabía monologar. Por eso, cuando tuvo que defenderse de la acusación en su contra frente al tribunal, aunque se estilaba hacer grandes y persuasivos discursos, monólogos, él llamó a muchos testigos, para dialogar. Sócrates convertía los monólogos, en diálogos.

Nosotros, muchas veces, tendemos a hacer justo lo contrario, a convertir los diálogos en monólogos. Sólo queremos hablar. Ése es nuestro objetivo en el diálogo. En casi todo diálogo, desde el más profundo, hasta el diálogo de ascensor. Escuchar al otro es un mal menor. Es el precio que debemos pagar para comprar su escucha y, así, nuestro derecho a seguir hablando. Compramos tiempo para hablar con el tiempo que escuchamos. Es un negocio, un intercambio comercial. O una competencia en la que, apenas el otro para un segundo para respirar, empezamos nosotros de nuevo. Muchas veces, apenas se nos ocurre alguna experiencia parecida a la que está contando nuestro interlocutor, pero que nos tiene a nosotros por protagonistas, lo cortamos para contar la nuestra: “Sí, a mí me pasó algo parecido…” y arrancamos. No escuchamos, como esos malos periodistas que están ya repasando la siguiente pregunta mientras el entrevistado todavía contesta la anterior.

Platón decía que hay dos síntomas que nos ayudan a darnos cuenta cuando estamos dominados por la ansiedad por hablar. Uno es que nunca dejamos espacio entre pregunta y respuesta. ¿Cuándo pensamos lo que vamos a decir? –se pregunta–. Mientras el otro habla. O sea que no lo escuchamos. Otro es que le completamos nosotros mismos la frase al otro cuando vemos que se demora y se la pudimos adivinar. Queremos que termine, para arrancar nosotros. ¡Miren si no tiene razón!

Les propongo este ejercicio, para aprender a escuchar. En nuestras conversaciones, cuando sintamos la tentación de interrumpir para empezar a contar lo nuestro, hagámosle una pregunta que le permita al otro seguir hablando, seguir contando más detalles de eso que tiene tantas ganas de decir. Y nosotros escuchemos. Así, le damos al otro la ocasión de seguir hablando. Y a nosotros, la de aprender a escuchar. Así, nuestros diálogos no van a ser un negocio, ni una competencia. Sino una donación, de nuestro tiempo.

Christián Carman

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