David Bloor y la asimetría de la explicación

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Por Christián Carman

Todavía recuerdo la gloriosa sensación que me produjo aprender finalmente a atarme los cordones solo. Sentí que entraba en el selecto grupo de los niños que ya no tienen que correr a la maestra y ofrecerle con humillación el pie para que ate el cordón. Sentí la independencia. Me sentí adulto. Sin embargo, hace unos meses todo cambió. En una charla TED de no mucho más de dos minutos, Terry Moore, el orador, me mostró que, como la gran mayoría, yo me estaba atando mal los cordones. Me impresionó. Dos minutos bastaron para darme cuenta de que desde hace más de 40 años hago mal algo que creía hacer a la perfección.

Algo muy parecido me produjo la lectura de Conocimiento e imaginario social. En ese libro, David Bloor denuncia lo que él llama la asimetría de la explicación. Un sociólogo te puede explicar por qué los Mayas creían en Ah Mun, el dios del maíz, apelando a la importancia social que tenía el maíz para ese pueblo. Pero no explican de la misma manera el teorema de Pitágoras. Los griegos, y nosotros, y todos, aceptamos el teorema de Pitágoras simplemente porque es verdad. No hace falta apelar a ninguna explicación sociológica. Así, dice Bloor, hay una tremenda asimetría en nuestras explicaciones: cuando consideramos algo verdadero, apelamos a razones objetivas para explicar su aceptación, cuando nos parece falso, a razones subjetivas.

Cuando lo leí sentí la misma sensación que cuando aprendí que me ataba mal los cordones. Me di cuenta que siempre, siempre, había caído en la asimetría de la explicación: cuando ganamos un partido, es porque jugamos mejor; cuando perdemos, es porque en esa cancha no se puede jugar (como si el otro equipo no hubiera jugado en esa misma cancha). Cuando alguien me quiere, es porque reconoce lo que valgo, cuando no me quiere, es porque sus prejuicios le impiden ver lo que valgo; los terraplanistas creen que la tierra es plana porque el tremendo relativismo que reina hoy no les permite entender las razones científicas contundentes que demuestran la esfericidad de la Tierra, yo creo que es esférica, porque es esférica. Siempre, indefectiblemente, mis éxitos o mis verdades, las explico apelando a razones objetivas y lo que considero falso o mis fracasos, apelando a razones subjetivas. Bloor tiene razón.

Esto tiene una consecuencia terrible porque encontrar razones subjetivas de lo que yo creo falso refuerza mi creencia de que es falso. Pero, si Bloor tiene razón, hay también razones subjetivas de las creencias verdaderas. ¿Y quién podría negarlo? Si lo pensamos bien, es absurdo creer que la sociedad, las costumbres, las instituciones tienen el poder de hacernos creer cosas falsas, pero no lo tienen para hacernos creer verdades. Es más, si somos honestos, la gran mayoría de nuestras creencias verdaderas, las aceptamos por razones subjetivas, porque le creemos a quien nos la enseñó. Creemos que la Tierra gira porque le creemos a los físicos, no porque gire. ¿Eso quiere decir que no gira? No. Para nada. Quiere decir que existen razones subjetivas también de creencias verdaderas. Y que, entonces, usar solo las razones subjetivas para alimentar nuestra certeza de que el otro está equivocado, es atarse mal los cordones.

Christián Carman