El barco de Teseo

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Por Christián Carman

Cuando Sócrates fue condenado a muerte, estuvo encarcelado más de lo habitual, esperando su ejecución. La ley ateniense prohibía ejecutar reos mientras el barco de Teseo estaba navegando. Todos los años, el barco iba a Creta y volvía a Atenas, conmemorando el viaje de Teseo, gran héroe ateniense. El mismo barco, durante siglos y siglos. ¿El mismo barco? Bueno, no es tan claro. Como cuenta Plutarco, con el paso del tiempo, la embarcación se fue desgastando y, a fin de que estuviera preparada para realizar ese viaje, las tablas estropeadas se reemplazaban por otras nuevas y más resistentes. Al cabo de muchos años, ya no quedaba ni una madera de la embarcación original. Los filósofos estaban perplejos: ¿seguía siendo el mismo barco de Teseo ahora que ni una de las tablas era original? Si no, ¿en qué preciso instante dejó de serlo? Si sí, ¿qué pasaría si armáramos otro barco con las tablas que fueron descartadas? ¿cuál sería el verdadero barco de Teseo?

Nosotros también somos como el barco de Teseo. Dicen los científicos que cada cierta cantidad de años, todos los átomos de nuestro cuerpo son reemplazados. No nos queda ni uno. Sin embargo, seguimos siendo el mismo. ¿O no? ¿Qué es lo que hace que siga siendo el mismo si nada permanece? Algo tiene que permanecer a través del cambio, si no, no tiene sentido decir que yo cambio, tendría que decir que alguien fue aniquilado y otro apareció de la nada. ¿Qué permanece? Bueno, uno podría decir que es el código genético. Pero ¿es eso lo que hace que sigas siendo vos? Si por una mutación genética en vida cambiara tu código, pero sin ninguna consecuencia, ¿no dirías que seguís siendo vos, pero con otro código genético?

La pregunta interesante para esta semana es: ¿qué te parece que es lo que permanece a lo largo de todos los cambios de tu vida? Aquello que, si no estuviera, no serías vos y que, mientras lo tengas, basta para que seas vos. La respuesta no es fácil. Si es que la hay.

Christián Carman