Demasiado encariñado con mis propias ideas

Por Christián Carman

En el Fedro, Sócrates confiesa un amor oculto, una pasión que le mantiene el corazón ardiente. Declara que es amante de las distinciones, porque –agrega– le permiten hablar y pensar correctamente. Para amante, usa ἐραστής (se lee erastés), una palabra que denota un tipo muy particular de amor, el amor de pareja, el amor erótico. “Filosofía” significa amor a la sabiduría, pero para amor usa φιλέω (fileo), que también es amor, pero amor de amistad. El filósofo es amigo de la sabiduría, Sócrates no es amigo, es amante de las distinciones. Llega a decir que si encontrara a alguien capaz de hacer esas distinciones, iría tras sus huellas, como si fueran las de un dios.

De haberlo conocido, Sócrates sin duda habría ido tras las huellas de Tomás de Aquino. No debe haber habido nadie en la historia que amara tanto las distinciones. Se dice que cada vez que intentaba contestar una pregunta, empezaba diciendo, oportet distinguere (conviene distinguir). Tomás murió en 1274. Unas pocas décadas después Dante escribía La Divina Comedia y lo colocaba en el cuarto cielo del Paraíso, en el que habitan los sabios. De hecho, Tomás es el primer sabio que se encuentra con Dante cuando llega a ese cielo. Al recibirlo, Tomás le da un consejo que aceleraría el pulso del apasionado Sócrates. Le dice que cuando uno quiere salir de la ignorancia, tiene que caminar muy, muy despacio, como si tuviera plomo en los pies. Porque la mayor torpeza del hombre consiste en andar por la vida haciendo afirmaciones livianas sin primero hacer distinciones. Un consejo clásico, que no pasa de moda. Que siempre sirve. Y, tal vez, hoy más que nunca. Tomás nos invita a no precipitarnos en nuestras decisiones, en nuestras opiniones. A ponderar todos los argumentos antes de decidir. A ser finos, sutiles en nuestros análisis, a no juzgar a lo bruto, sin hacer distinciones. La gran mayoría de los problemas se resuelven cuando se introducen las distinciones apropiadas, cuando uno se da cuenta que estaba confundiendo dos cosas distintas.

El consejo de Tomás no termina acá. Le dice a Dante que “una opinión con frecuencia puede inclinarse precipitadamente del lado equivocado y después el cariño a las opiniones propias ata y restringe la mente.” Claro, si nos apresuramos a juzgar, probablemente nos equivoquemos. Pero después no es tan fácil dar marcha atrás, porque estamos muy cómodos con nuestras ideas. O sea, Tomás nos recuerda que, para tener una mente libre, abierta, amplia, no hay que encariñarse demasiado con las propias ideas. Nos invita a ser más amigos de los argumentos que de las ideas. Porque, por lo general, a nuestras ideas las queremos más porque son nuestras, que por lo que valen como ideas. Si querés tener una mente abierta, seguí el consejo de Tomás: juzgá con plomo en los pies, y no te encariñes demasiado con tus propias ideas.

Christián Carman

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