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La mochila o la parálisis

Por Christián Carman

Con 19 años, tres amigos y yo decidimos irnos de mochileros a la Patagonia. No teníamos ni la más mínima experiencia. Tampoco, obviamente, el equipamiento. Compramos mochilas, carpas, cacharros, linternas y todo lo necesario.

Incluyendo toda la comida para esos 20 días. Tremendo error de principiante. No solo nosotros no íbamos a poder cargar esas mochilas, sino que ni siquiera las mismas mochilas iban a soportar tanto peso. De hecho, apenas el ómnibus nos dejó en San Martín de los Andes, quise cargar la mía y se rompió. De San Martín nos tomamos una lancha que navegaba por el imponente lago Lacar. Hacía un viaje por día, a la tarde. Desembarcamos en un modesto camping en Quila Quina. Por supuesto, allí no había nadie que pudiera arreglarla.

A la mañana siguiente, muy temprano, Marcelo y yo partimos caminando rumbo a San Martín con la intención de hacer arreglar la mochila y volvernos a la tarde en la lancha. Calculamos que nos podría tomar unas cuatro horas ir caminando por la ruta. El camino era muy serpenteante porque se iba metiendo en las montañas, subiendo y bajando. Pero no había forma de perderse. A menos, claro, que uno decidiera acortar camino. Por supuesto, eso hicimos. Al rato estábamos absolutamente perdidos. Bueno, no perdidos porque siempre veíamos el lago como referencia. Pero no encontramos nunca más la ruta y el camino entre la montaña se hacía cada vez más complicado.

Con la mochila vacía y solo dos botellitas de agua, empezamos a subir y bajar, siempre teniendo el lago como referencia, tratando de ir en dirección de San Martín de los Andes. En algún momento, ya empezamos a darnos cuenta de que no había vuelta atrás. Estábamos bajando por acantilados que no podríamos volver a subir, si nos arrepentíamos del camino elegido. Hasta que llegamos a una roca de la que tampoco pudimos seguir bajando. En frente teníamos un acantilado infinito y, debajo, el lago.

Nos sentamos. No sabíamos qué hacer. Estábamos un poco asustados pero con mucha adrenalina. No podíamos creer lo que estábamos viviendo. Dos días atrás estábamos atrapados en el tráfico de Buenos Aires y ahora estábamos perdidos en un acantilado. Pasaron varias horas y vimos la lancha que debía traernos de vuelta –muy chiquita, como un puntito– cruzando por el medio del lago. Yo le propuse que nos tiráramos desde ahí al lago para que la lancha nos rescatase. Por suerte, Marcelo había leído que si te tirabas de una altura así al agua, no había forma de sobrevivir. No era una buena idea.

Estábamos absolutamente paralizados. No podíamos subir para ir sobre nuestros pasos, pero tampoco podíamos bajar con garantía de llegar. Hasta que Marcelo se paró, agarró la mochila y la tiró al vacío. La mochila rodó bastante y se detuvo en arbustito, unos 30 o 40 metros más abajo. “¿Qué hacés?, ¡es mi mochila!”, le recriminé. Pero él señalándola dijo: “Hasta ahí tenemos que llegar. Recuperemos tu mochila”. Lo hicimos. Costó, pero hasta ahí pudimos llegar. Una vez que nos reencontramos con la mochila, la agarró y la volvió al vacío. La volvimos a alcanzar. Y así hasta que, finalmente, ya casi sin luz, llegamos a un camping en la costa del lago en el que nos compramos unas hamburguesas que todavía recuerdo.

Muchas veces, cuando nos proponemos un objetivo a largo plazo, parece tan inalcanzable que nos paraliza, porque no sabemos cómo alcanzarlo. Entre nosotros y nuestro objetivo hay un acantilado infinito. Marcelo me enseñó algo que repiten mucho los filósofos estoicos. Que la forma de ponerse en movimiento es proponerse objetivos más modestos, pero alcanzables. Que, cuando estamos paralizados, hay que tirar la mochila bien lejos, y emprender el camino con la mirada fija en ella.

Christián Carman

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