Lo que nos está dejando la pandemia para reinventar la educación

por | 14/04/2020

 

Hace unos días charlábamos con mis hijos en casa y yo les decía que estábamos viviendo un momento histórico, del que no nos íbamos a olvidar. Y uno de ellos me dijo: “mamá, yo quiero estar en un momento histórico, pero de los buenos”.

Me dedico a investigar sobre educación y siento que la pandemia nos metió a la fuerza en un experimento global que nos está obligando a explorar qué pasa en un mundo hiperconectado en el que no podemos ir a la escuela física.

En estos días vengo pensando mucho sobre eso: ¿habrá algo que podamos aprender de este escenario educativo que no elegimos? Yo creo que sí, que estamos aprendiendo algunas cosas importantes. Les cuento 3 de esas ideas que me andan dando vueltas, que ojalá nos sirvan de acá hacia adelante, cuando la pandemia pase.

La primera es que por primera vez todos los profesores, profesoras, maestros y maestras juntos tenemos la urgencia de animarnos a probar nuevas maneras de enseñar. 

La innovación en educación es algo de lo que se viene hablando hace rato, pero que venía dándose hasta ahora en pequeñas islas. Y de un día para otro, todos en simultáneo nos tuvimos que ayudar a dar un enorme paso. 

Con mucho esfuerzo y obligados por la emergencia quienes nos dedicamos a enseñar estamos teniendo que rediseñar nuestras clases a distancia y, en ese proceso, nos estamos animando a ensayar nuevas maneras de hacer las cosas. 

Y para eso nos dimos cuenta de que no había que reinventar la rueda, y tuvimos que lanzarnos a experimentar con recursos que ya estaban disponibles, pero que la mayoría de nosotros nunca habíamos tenido la necesidad de usar: videos, tutoriales, libros en línea, plataformas de aprendizaje remoto, redes sociales, mails, videollamadas, lo que sea que nos vaya resultando para seguir enseñando y para conectar con los alumnos y las familias, que en estos días es tan pero tan importante.

La buena noticia en medio de todo esto, creo yo, es que una vez que las probamos y usamos, esas estrategias ya empiezan a ser nuestras, ya empiezan a formar parte de lo que sabemos hacer. Y, de a poco, en medio de la frustración que trae tener que adaptarnos tan rápido, tratando de tenernos paciencia cuando las cosas no salen tan bien, muchos le vamos agarrando el gustito a probar nuevos modos de enseñar y aprender.

Esto no solo está pasando dentro del sistema formal. Profesores y profesoras de todo tipo nos enseñan lo que saben en línea, desde clases de yoga hasta talleres de tejido. Incluso gente con vocación de enseñar se está animando a hacerlo, como ese señor mayor que se puso a enseñar cómo usar la computadora para hacer los trámites del banco para gente de su edad. Estamos aprendiendo en comunidad. 

La segunda reflexión de estos días es que estamos viendo qué sucede cuando cambiamos radicalmente cómo usamos el tiempo para aprender. 

En una investigación que hicimos el año pasado con un grupo de colegas les pedimos a grupos de adolescentes que imaginaran la escuela ideal. Y hubo algo que apareció una y otra vez: los chicos y las chicas nos decían que en la escuela que soñaban tenían la posibilidad de elegir, al menos en parte, qué aprender, cuándo y cómo. 

Y de pronto hoy, de un día para el otro, eso está pasando. En estos días muchas familias empezaron a darse cuenta por ejemplo de que a veces los chicos, especialmente cuando son adolescentes, aprenden mejor cuando logran organizar sus propios tiempos. Algunos estudian más a la noche, otros empiezan por las materias que les interesan más. Otros se conectan con los compañeros para hacer la tarea, buscan videos en la web para terminar de entender algo que no les sale o simplemente para aprender algo nuevo que tenían ganas. 

Y esto también nos ayuda a pensar en la educación de acá hacia adelante, porque nos hace ver que esos momentos de autonomía de los alumnos se pueden combinar con las instancias en las que estamos todos juntos trabajando a la par en lo mismo. Y también nos dice que para que todos los chicos y chicas puedan aprovechar esos momentos más autónomos tenemos que enseñarles, desde bien chiquitos, la capacidad de organizarse, de gestionar sus tiempos y todo lo que requiere aprender a aprender. 

Y mi última reflexión es más bien una pregunta: ¿qué sucede cuando, como pasa en esta pandemia, no tenemos la escuela física como un lugar a donde ir?

La cuarentena está logrando que nos demos cuenta (pero ya no de manera retórica, declarativa, sino en la piel, en el cuerpo) del valor de la escuela y de la enorme tarea que llevan a cabo los docentes.

Cuando los chicos y chicas no pueden ir a la escuela, aparece más fuerte que nunca su necesidad como espacio que garantiza el derecho de todos a aprender. Y cuando tratamos de acompañar a nuestros hijos con las tareas escolares, no sé si les pasó en estos días, nos damos cuenta lo difícil que es ser un buen maestro.

Esta pandemia está haciendo más visibles que nunca las diferencias entre los hogares. No es solo el que tiene computadora y el que no, el que tiene internet y el que no, el que tiene un lugar tranquilo para estudiar y el que no, está el que tiene a quién preguntar y el que no, el que tiene que hacer todas las tareas de cuidado de su casa y el que no. 

La escuela, con todas sus dificultades, durante unas horas por día al menos, pone entre paréntesis esas desigualdades y ayuda a que todos los chicos y chicas puedan estar protegidos y con el foco puesto en el aprendizaje. 

Como educadora, me preocupa mucho cómo va a seguir todo esto. Y también me pregunto qué va a quedar de lo que estamos aprendiendo en esta cuarentena. Mi sensación en estos días es, ¿vieron cuando se va la marea, y queda la playa desnuda? Entre todo lo que arrasa esa marea, lo que rompe, lo que se lleva, también sobre la playa aparecen algunos tesoros que estaban escondidos. 

Ojalá que aunque, como decía mi hijo, este momento histórico no sea para nada de los buenos, nos ayude a hacer propios estos tesoros que estamos encontrando: las ganas de explorar en comunidad nuevas maneras de enseñar, replantearnos el uso de los tiempos y modos de aprender y también darnos cuenta de cuánto necesitamos como sociedad de la escuela y de los docentes. 

Hoy las aulas físicas están cerradas, pero en una de esas se esté abriendo una puerta para seguir construyendo entre todos, cuando todo esto pase, esa educación que soñamos.