Lo que viene en el nexo entre el arte y las finanzas

 

Por Marcelo Rinesi

Las finanzas son tal vez la ritualización social de la cuantificación. Las criptofinanzas ciertamente lo son. Los NFTs, un desarrollo cultural y tecnológico de las criptofinanzas, son arte sobre finanzas, o más bien arte abstracto sobre la abstracción de este ritual social. 

Un portfolio de NFTs como parte de una inversión en arte es, de forma necesariamente confusa, la financiarización de las finanzas como arte. Toda diferencia desaparece, como debería: si el valor de una acción es lo que las personas (y su software) piensan que debería ser, y lo mismo se aplica al precio de una obra de arte, o incluso a si es una obra de arte, entonces tal vez ganamos algo si ignoramos la diferencia y pensamos sobre ambas cosas como variaciones del mismo fenómeno. 

¿Qué pasa con el valor espiritual, cognitivo, estético, o social del arte? Estos valores están por fuera del nexo entre arte y finanzas, posiblemente para el beneficio de ambos. Este artículo no trata de ello.

Sobre lo que trata es la transformación de narrativas en assets. Un asset siempre es una apuesta sobre una cierta visión del futuro: la existencia de una veta mineral, el éxito de una compañía, las habilidades de un entrepreneur. Lo que hace único a «cripto» es la escala y naturaleza de esta narrativa. No es una narrativa sobre el futuro de una compañía o sector de la economía, sino sobre un cambio fundamental en mecanismos socio-económicos básicos. Es una forma de la apuesta de Pascal, una profecía tan grande que la claridad de la visión toma precedencia sobre cualquier duda sobre detalles técnicos. «Cripto» como tecnología, herramienta, comunidad, y conjunto de marcadores semióticos crea tanto esta narrativa ambiciosa como una forma a veces frágil o inconveniente de invertir en ella. 

El mercado del arte como mercado determina precios con el mismo proceso auto-referencial de patrones de demanda moviéndose de manera poco visible, manifestando movimientos tectónicos aún más profundos de enormes capitales (de forma parecida, y esto no es coincidencia, a precios en el mercado de bienes raíces de Londres). Como cualquier otro mercado en una economía global hiperfinancializada, enfrenta el problema de la tensión entre escalas y retornos: los precios en el mundo del arte pueden crecer a niveles a veces dudosos, pero los artistas más importantes están muy muertos o son demasiado inteligentes como para producir una cantidad de obras lo suficientemente grande como para absorber todo el potencial de inversión, y el proceso cultural de validar nuevos artistas es, por razones históricas, necesariamente lento.

La creación de los NFTs estableció un puente muy beneficioso entre ambos mundos. Son cripto-tokens etiquetados como arte, y al mismo tiempo obras de arte que son parte de tanto como hablan sobre una narrativa sobre la creación de enormes nuevas fortunas y mecanismos socio-económicos radicalmente transformados. Esta narrativa es muy atractiva para muchas de las personas que están en uno o ambos mercados, e incluye como un aspecto de la misma no solo a los NFTs sino también, e incluso primariamente, sus precios.

Decir que el precio en finanzas y arte es simplemente lo que el mercado acepta pagar, y que no siempre está relacionado con los detalles del bien en sí, es prácticamente un cliché. Los NFT no son más que la expresión existente más pura de esta analogía, ambos aspectos refinados hasta un punto que hace que el arte abstracto y derivados financieros complejos parezcan pinturas mediocres de barcos de vela y cajas de ahorro con tasas de interés bajas.

El Metaverso es un desarrollo más reciente pero similar, a menudo con los mismos actores. Existen vagos esbozos de tecnologías y una narrativa apasionante, poco atractiva en sus detalles pero de un alcance asombroso. Atrae la atención, y al dinero que va detrás de la atención, porque hoy en día nada más prosaico podría hacerlo. Requiere y, al menos por ahora, recompensa la fe porque la energía proviene enteramente de la propia narrativa, que está siendo transformada en assets financieros a velocidades récord por un nexo entre tecnología, arte y finanzas que, de buena o mala fe, ha aprendido las reglas de esta nueva iteración de las finanzas y el arte.

El siguiente paso probable en este nexo es el movimiento complementario que siempre sigue a la explosión comercial nuevos estilos y materiales: la institucionalización artística de los NFTs y del resto del arte más o menos simbólicamente cripto-adyacente. Ya estamos en la parte más avanzada de un proceso explosivo de creación (no siempre coincidente con «creatividad») uno impulsado por enormes precios en parte porque el dinero ya estaba esperando al arte, y en parte porque el arte es, y habla sobre, formas nuevas de dinero. Maximizar su potencial como mercado requiere ahora el mismo tipo de control estructurado que organiza de forma rentable el resto del mercado del arte. Es de esperar que en el mundo del cripto-arte haya cada vez más crítica profesional, curaduría y gestión de reputación de obras y artistas, el desarrollo de sub-narrativas y estilos, debates acalorados, y conflictos entre gustos.

Este desarrollo ofrece posibilidades tanto entretenidas como rentables. Los fundamentos técnicos del criptoarte, y su relativa novedad, lo convierten en un interesante campo de experimentación para nuevas formas de crítica que no se basen en NFT impresas y enmarcadas, ni con la pseudocuraduría de los sistemas de recomendación algorítmica, sino con una forma conceptualmente más compleja de ver y entender el arte. Como mínimo, hay libros que escribir, expertise para establecer, honorarios de consultoría que cobrar, y nuevas empresas que crear. 

Al igual que el mundo del arte aprendió mucho, y muy rápidamente, de las finanzas, sería provechoso para los que están en la (históricamente muy familiar) frontera de las nuevas finanzas entender la historia y los procesos del mundo del arte. Ya hacen muchas de las mismas cosas, pero siempre es buena idea echar un vistazo a los mapas de los que ya han ido más lejos.

 

Marcelo Rinesi

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