Metete eso en la cabeza

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Por Christián Carman

La Metafísica de Aristóteles, obra que sin duda está en el Top 5 del ranking histórico de libros filosóficos, empieza diciendo: “todos los hombres desean por naturaleza conocer”. Conocer está en nuestra fibra más íntima. Somos bichos diseñados para conocer. Pero también podría haber arrancado con un ligero reordenamiento de las palabras, mandando la primera al final: “los hombres desean por naturaleza conocer todo”. Al ser humano, a diferencia de otros animales, le interesa todo, todo, desde lo más insignificante y lo más sublime.

Entre las cosas que el hombre quiere conocer está el conocimiento mismo. Queremos conocer cómo conocemos. Si lo pensamos un poco, es muy curioso. No hay son muchas las capacidades –potencias diría Aristóteles– reflexivas en el ser humano: puedo conocer que conozco, pero no puedo ver que veo, u oír que oigo, porque sólo veo colores y oigo sonidos. El otro caso es el del querer. Así como puedo conocer todo, puedo también querer todo. Y entonces, puedo querer mi propio querer. O no quererlo. Por ejemplo, puedo no querer hacer dieta, pero querer querer hacerla. Tan curioso es que cuando lo escribo, el corrector automático del procesador de texto me sugiere eliminar uno de los dos infinitivos. No está preparado para la reflexión.

Cuando queremos entender algo difícil, lo comparamos con algo parecido pero más fácil. Eso hace Aristóteles con el conocimiento. Lo compara con la nutrición. Conocer y comer están ya vinculados en muchas expresiones: cuando alguien no entiende algo y se nos acaba la paciencia le decimos “¡metete eso en la cabeza de una vez!”, al compañero que estudiaba mucho le decíamos “traga” y podemos decir que “nos devoramos una novela en una noche”. ¿En qué se parecen conocimiento y alimentación? En los dos hay una asimilación: metemos adentro algo que hay afuera. Cuando comemos una manzana, la manzana deja de estar afuera y pasa a estar dentro nuestro. Asimilamos su materia y destruimos su forma. Cuando conocemos una manzana, también pasa a estar dentro nuestro, pero sin dejar de estar afuera. Para conocerla, separamos mentalmente su materia de su forma (abstracción lo llama Aristóteles) y nos comemos solo su forma, dejando su materia afuera. Comer la manzana, la destruye, pero conocerla no. Ninguna manzana perdió ni siquiera un gramo por ser conocida miles de veces.

Si, como decíamos, somos bichos diseñados para conocer, ¡a conocer todo lo que se pueda!, que conocer no gasta las cosas.

Christián Carman