Nadie hace caso a los viejos

 

Hace unos meses, mientras esperaba el tren en la estación de Bernal, vi que se acercaba un padre que hacía todo lo posible por no largar la mano de su hija. Ella quería llegar lo antes posible al kiosco. La otra mano del hombre tironeaba de un anciano que iba más rápido de lo que hubiera querido. Los niños son velocistas: quieren llegar lo antes posible; los ancianos son maratonistas: quieren llegar. Ese hombre lograba moverse a la velocidad exacta para no perder ni a la niña, ni al anciano.

Recordé, entonces, unos trabajos que había leído sobre la velocidad a la que se desplazaban los pueblos nómades. Los papers mostraban con datos que la duración y el bienestar de los pueblos dependía esencialmente de que se desplazaran a la velocidad exacta, que implicaba un delicado equilibrio entre el ritmo deseado por los jóvenes y el deseado por los ancianos. Naturalmente, los ancianos retrasaban la marcha; y si fuera sólo por los jóvenes, se moverían mucho más rápido. Aquellos pueblos en los que la balanza se inclinaba demasiado hacia los ancianos, se movían muy lento, o directamente no lo hacían, y perecían cuando los recursos del lugar se agotaban. Pero tampoco la pasaban bien aquellos pueblos que ignoraban a sus ancianos y los abandonaban para acelerar el ritmo. Se movían más rápido, sí. Pero, sin la experiencia de los mayores, muchas veces extraviaban el rumbo. 

Cuando pasaron los tres frente a mí, escuché que el anciano repetía que él estaba seguro de que el kiosco estaba cerrado, que él ya había pasado por ahí antes, pero, rezongaba, “nadie le hace caso a los viejos”.

Seguí pensando: hoy la mayoría de las sociedades occidentales ya no son nómades locales. O sea, nómades respecto del cambio de lugar. Pero el hombre es esencialmente un nómade cultural. El hombre es homo viator. Y los cambios culturales son gobernados por la misma lógica. Las sociedades sanas son las que caminan al ritmo adecuado. Las sociedades en las que ya no se escucha a los viejos avanzan demasiado rápido como para mantener a todas las generaciones unidas y corren, así, el riesgo de romperse. Y de equivocar el rumbo.

Para algunos cambios culturales, incluso los viejos son demasiado jóvenes. En esos casos, hay que escuchar a los muertos. A los clásicos. Eso es respetar las tradiciones. G. K. Chesterton decía que tener en cuenta la tradición es conceder el derecho a votar a nuestros antepasados. “Es la democracia de los muertos” –insistía. Y nos recordaba que, así como la democracia nos pide que no descalifiquemos a nadie por el mero hecho accidental de cómo o dónde ha nacido, la tradición nos pide que tampoco los descalifiquemos por el mero hecho accidental de que han muerto. Escuchar a los muertos es un sano ejercicio de la democracia. Y cuando los cambios que se están discutiendo no implican sólo a las generaciones actuales, sino las futuras, pienso que no sólo es sano, se vuelve necesario consultar a los del pasado. 

C. S. Lewis va incluso más allá cuando afirma que “todos queremos progreso. Pero progreso significa acercarse al lugar donde queremos estar. Y si hemos tomado un camino equivocado, entonces seguir adelante no nos acerca más. Si estamos en la ruta equivocada, progresar significa darse media vuelta y retroceder al camino correcto; y en ese caso, el que pega la vuelta primero es el más progresista”.

Bastante antes de que llegaran al kiosco, vi a los tres pegar la vuelta. A la niña chinchuda. Y al anciano, feliz.