Optimismo en serio

Por Christián Carman

El mal es más fácil experimentarlo que definirlo. Pero San Agustín propuso una definición genial. Decía que el mal es la ausencia de un bien que debería estar. Para él, el mal no es algo que estrictamente existe, es más bien un agujero, un vacío, dejado por un bien que ya no está y que debería estar. No es un mal para los seres humanos no tener alas, pero sí lo es para un ave. Porque debería tenerlas y no las tiene. La enfermedad es mala porque es ausencia de salud, y la salud es un bien que nos corresponde, que está en nuestra naturaleza. Incluso las cosas que existen y son malas, son malas por lo que quitan. Un virus existe tanto como una paloma. Pero es malo para el hombre sólo en cuanto quita la salud. El mal es siempre ausencia, es como el agujero del queso. De esto se sigue que el mal no puede existir sin un bien que lo contenga y lo sostenga. El queso puede tener muchos agujeros, pero si todo es agujero y ya no hay queso, tampoco hay agujero. Puede haber mucho mal en un bien, pero si todo es mal, no hay ya bien, pero tampoco mal.

Y este es el fundamento del optimismo de San Agustín: hay mal, sí, pero todo mal tiene un bien que lo soporta. Tomás de Aquino, muchos siglos después, decía: bonum invenitur etiam in per se malis (el bien se encuentra incluso en las cosas que son por sí mismas malas). No existe el mal absoluto. Saber que el mal es privación y ausencia nos da la clave para combatirlo. A un agujero no se lo ataca. A un agujero se lo zurce, se lo remienda. Se lo elimina reconstruyendo el tejido sano que necesariamente lo bordea. La forma de combatir el mal es encontrar el bien que todavía está y hacerlo crecer. Tatuemos estas palabras de Tomás en nuestra alma: No importa cuánto se multiplique el mal, nunca puede consumir todo el bien.

Christián Carman