Robots sexuales: ¿aumento del bienestar o deshumanización total?

08/01/2021

Por Santiago Tissembaum Augé.

La capacidad de los robots para servirnos de compañía y amantes será, en muchos sentidos, superior a la de los simples mortales. Así funcionará el mundo para el año 2050. Estas fueron las proyecciones que realizó David Levy, experto en inteligencia artificial y escritor del libro «Amor y Sexo con Robots»[1], en el año 2007. En aquel momento, no había ningún robot sexual en el mercado. Hoy sí.

¿Qué es exactamente un robot sexual? Siguiendo la explicación de John Danaher y Neil McArthur, editores del libro «Sexo Robot»[2], se trata de una entidad que posee una forma humanoide, con cierto grado de inteligencia artificial y que busca comportarse como un humano. De esta manera, la diferencia entre las muñecas y muñecos que existen hace años y los robots reside en su capacidad de procesar información.

Estas creaciones son la continuación de un largo desarrollo dentro de lo que se conoce como tecnología sexual. Actualmente, el mercado de estos artefactos ronda en los treinta mil millones de dólares anuales, y se espera que alcance los cincuenta y seis mil millones para el año 2026[3]. Aquí se incluyen desde los clásicos vibradores, hasta gafas de realidad virtual (y los robots, por supuesto). Su incorporación ha crecido tanto, que aquellas personas que encuentran su identidad sexual en el uso de la tecnología, y pueden no necesitar una pareja humana, se las identifica como digisexuales.

Tres años después de aquel polémico libro de Levy (que hasta planteaba la posibilidad de legalizar el casamiento con robots para el 2050), la empresa True Companion lanzó los primeros prototipos, llamados Roxxxy y Rocky (aunque se cree que nunca pasaron de meras versiones iniciales). Actualmente, existen varias compañías trabajando en el desarrollo de estos robots, quizás la más avanzada sea Abyss Creations, más conocida como RealDoll[4], que comenzó a vender los primeros ejemplares de su modelo Harmony en el año 2017.

Harmony posee el cuerpo de silicona, pero con una cabeza robótica[5] y sensores en el cuerpo. La principal diferencia es la posibilidad de interactuar con ella, y que esta responda a lo que se le dice o hace. Se enlaza vía Bluetooth a una aplicación celular desde la cual se la controla, optando allí por dos modalidades, una para dialogar y otra para tener relaciones sexuales.

El robot es totalmente personalizable. Físicamente, se pueden definir las medidas del cuerpo, color de piel y ojos, tono de voz y un largo etcétera. Lo interesante (y algo perturbador) viene al tener la posibilidad de diseñar su personalidad. Uno puede elegir qué tan divertida, charlatana, sensual, insegura, celosa, impredecible o intelectual quiere que sea. El precio promedio es de doce mil dólares, y su fundador, Matt McMullen, comenta que la mayor clientela proviene de hombres solteros de entre cincuenta y sesenta años[6]. La empresa incorporó recientemente su primer robot hombre.

Las críticas a estos avances están a la orden del día. La sexóloga Marianne Brandon plantea las consecuencias que podría tener sobre las parejas[7]. Pensemos que tendríamos la alternativa de elegir una opción que nunca rechazará una propuesta, no tendrá días malos y siempre estará a nuestra disposición. Y, llevado al extremo, deberíamos plantear el efecto que podría tener sobre las tasas de reproducción de la especie.

Otra posición antagónica a estos desarrollos, quizás la más importante, es la de la antropóloga Kathleen Richardson[8], quien en 2015 lanzó la campaña en contra de los robots sexuales[9]. Su búsqueda es clara: prohibirlos. El argumento principal es que se plantea a los robots como una nueva forma de prostitución y esto perpetuaría las desigualdades de género. En este sentido, se marca la continuidad de los estereotipos sobre la mujer, que fueron potenciados con la masividad de la pornografía. El peligro reside en la utilización del robot como un esclavo (en este caso sexual), generando la pérdida de empatía con las personas, el acostumbramiento al abuso de poder así como el posible traslado de tales actitudes al resto de las relaciones.

Del otro lado del río, uno de los argumentos planteados por autores como Levy, Danaher y McArthur[10] en defensa de la incorporación de estos robots en la sociedad, es la compañía que pueden ofrecer a las personas. Actualmente, cerca del 40% de la población de Estados Unidos dice sentir soledad de vez en cuando y alrededor del 10% dice sufrirla siempre[11]. El robot brinda la posibilidad de conversar y aprender sobre su dueño. La empresa  Abyss Creations comenta que el producto está pensado para que, con el paso del tiempo, el robot «se enamore de vos».

Otra razón defendida tiene que ver con el bienestar que aporta tener más relaciones sexuales. Esa mejora se manifiesta en un mejor funcionamiento de las capacidades físicas y cognitivas de las personas[12]. En este sentido, los robots podrían ser una alternativa a quienes se encuentran imposibilitados de llevar a cabo el acto, ya sea por cuestiones físicas o mentales.

La temática de los robots sexuales despertó gran interés en la academia en el último tiempo. Una revisión de la literatura, a cargo de investigadores de la universidad de Ilmenau, Alemania[13], mostró que el 85% de las publicaciones se realizaron en los últimos cinco años. Gran parte de ellas fueron presentadas en la Conferencia Internacional de Amor y Sexo con Robots (impulsada por David Levy)[14], que este año llevó a cabo su quinta edición.

De todas maneras, si bien hubo una gran proliferación de escritos sobre el tema, a la fecha no existen estudios empíricos que involucren a los usuarios de robots sexuales. Por esta razón, las predicciones acerca del impacto positivo o negativo de estos avances no pueden superar la barrera de la especulación. La evidencia que logremos generar nos dirá si estamos más cerca de la visión utópica, que plantea una mejora generalizada en el bienestar de las personas, o de la lógica distópica de deshumanización total. Lo que no podemos negar es su rápido desarrollo e irrupción en el mercado de la tecnología sexual.

Santiago Tissembaum Augé.

Referencias

[1] David Levy, “Love and Sex with Robots” (London: Harper, 2007).

[2] John Danaher and Neil McArthur, “Robot Sex: Social and Ethical Implications” (London: The MIT Press, 2017).

[3] Tamaño de mercado y proyecciones: https://www.statista.com/statistics/587109/size-of-the-global-sex-toy-market/

[4] Página oficial de la empresa: https://www.realdoll.com/; https://www.realdollx.ai/.

[5] La parte de inteligencia artificial es desarrollada por Realbotix (perteneciente a Abyss Creations): https://realbotix.com/.

[6] Entrevista a McMullen: https://www.businessinsider.com/ai-sex-robots-are-selling-well-realdoll-regulated-2020-6

[7] Entrevista a Marianne Brandon: https://www.youtube.com/watch?v=U0p-L7RiypI&ab_channel=TheDissenter

[8] Kathleen Richardson; “The Asymmetrical ‘Relationship’: Parallels Between Prostitution and

the Development of Sex Robots”; SIGCAS Computers & Society (2016).  Charla TEDxULB de Kathleen Richardson: https://www.youtube.com/watch?v=YaMiH93-iPE

[9] Campaña en contra de los robots sexuales: https://campaignagainstsexrobots.org/

[10] Sus argumentos pueden encontrarse en sus libros previamente referenciados.

[11] Cigna U.S. Loneliness Index (2018): https://www.multivu.com/players/English/8294451-cigna-us-loneliness-survey/docs/IndexReport_1524069371598-173525450.pdf

[12] Stuart Brody; “The Relative Health Benefits of Different Sexual Activities”; The Journal of Sexual Medicine (2010).

[13] Döring N, Mohseni MR, Walter R; “Design, Use, and Effects of Sex Dolls and Sex Robots: Scoping Review”; J Med Internet Res (2020).

[14] Página oficial de la conferencia: https://www.lovewithrobots.com/.