Si yo tengo cuerpo, tengo también alma

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Por Christián Carman

Hoy, si tenemos que enfrentarnos por primera vez a algún tema, probablemente lo googleemos y terminemos leyendo un artículo de Wikipedia. Eso es posible porque ya otros han trabajado ese tema. Pero hubo una época –hermosa época– en la que muchos temas centrales se pensaban por primera vez en serio. Ahí, no se podía googlear, ni consultar bibliotecas. Pero había otros métodos para arrancar, también muy eficaces. Aristóteles tenía uno: para empezar de cero un tema, analizaba cómo las personas hablaban de eso, qué decían, cómo lo decían, con qué lo relacionaban. Iba del lenguaje a la realidad. Esta semana te propongo aplicar ese método aristotélico a la siguiente expresión: “yo tengo cuerpo”.

Parece muy sencilla, pero hay un montón encerrado en esa expresión. Por lo pronto hay un sujeto y un predicado, que al menos en la oración aparecen distintos: “yo” y “cuerpo”. Están relacionados, sí. Pero no se identifican. No dice yo soy cuerpo. Dice yo tengo cuerpo. Uno es el poseedor y otro, el poseído. El cuerpo parecería ser una pertenencia del yo. Está claro que no lo poseemos como poseemos un par de zapatos, una casa o un auto. Es un tipo de pertenencia mucho más íntima, más radical, más profunda. Tengo cuerpo, sí, pero no lo tengo como un sombrero que, si lo pierdo, sigo siendo yo. Parecería más esencial. Pero no llega a la identidad. Tal vez exista una relación intermedia entre la identidad y la posesión, entre ser y poseer. Algo así como “formar parte esencialmente”. No soy mi cuerpo, no tengo cuerpo, mi cuerpo forma parte esencial de mí.

Si las palabras pudieran hablar, tal vez se plantearían el mismo problema con el sonido. ¿La palabra es el sonido? No. Es más. No cualquier sonido es una palabra. Entonces, ¿la palabra tiene un sonido? No. El sonido le es esencial. Bueno, el sonido forma parte esencialmente de la palabra, como el cuerpo forma parte esencialmente del yo. OK. Pero si forma parte esencial pero no es la palabra, habrá otra parte, también esencial, que no es el sonido. Sí, el significado. La palabra, para ser palabra, necesita un sonido y un significado. Sonido sin significado no es una palabra, es un ruido. Significado sin sonido no es una palabra, es una idea. Bueno, si el cuerpo forma parte esencial de mi yo, habrá otra parte esencial que no sea cuerpo. Es lo que los filósofos llaman “alma”. No importa tanto el nombre, ponele el nombre que quieras: alma, psiquis, mente, conciencia, lo que quieras, pero no es corporal.

O sea que si es verdad que tengo cuerpo, también es verdad que tengo alma. Lindo recorrido. Tal vez, la próxima vez que tengas que encarar un tema y se te corte internet, puedas hacer como Aristóteles y analizar lo que decimos.

Christián Carman