Testigos activos: horizontes y escenarios complejos

06/07/2021

Por José Nesis.

Desde hace un tiempo me impacta la idea de que en muchas situaciones violentas, además de víctimas y victimarios, haya otras personas presentes, aunque inactivas. ¿Qué función cumplen estos testigos? ¿Por qué muchas veces no actuamos frente a lo que puede dañar a otros? ¿Cómo nos construye eso como ciudadanos? ¿Qué rol cumplen los Estados, y el concepto que tenemos de ellos, en hacer de nosotros testigos que resultemos colaborativos o, en cambio, silentes? ¿Es más fácil ayudar si se está solo o si se forma parte de un grupo? Aunque no hayamos podido hacer lo que creímos mejor, ¿podemos aun dar testimonio de nuestra experiencia y que eso sea útil? Creo que algunas de estas preguntas pueden ayudar a aproximarnos a respuestas que nos permitan mejorar como comunidad. Propongo un viaje muy breve que va de Finlandia a Argentina, pasando por España, Inglaterra y algunos lugares más.

  1. Desde la niñez

En un reportaje reciente, una educadora finlandesa cuenta cómo lograron descender la cantidad de episodios de acoso escolar (bullying) en las escuelas de su país. Christina Salmivalli decía: “el foco no está ni en el acosador ni en el acosado. La clave está en los testigos. Ese había sido el foco de mis estudios sobre el acoso escolar desde principios de los ’90. La investigación demostró que los testigos estaban presentes en la mayoría de las situaciones de acoso, y sus respuestas realmente importaban. En las aulas, los testigos reforzaban las conductas de acoso escolar. También desde el punto de vista de los estudiantes víctimas, la intimidación es más dolorosa cuando no reciben apoyo de otros compañeros”

Enlace al reportaje en cuestión: https://www.infobae.com/educacion…

  1. Barcelona

El 7 de octubre de 2007, un joven catalán agredió espontánea y brutalmente a una inmigrante ecuatoriana de apenas 17 años. Sabemos bien cómo ocurrió esto porque quedó grabado por las cámaras de los vagones del Metro de Barcelona. En las imágenes también se ve, a una distancia muy pequeña de la víctima y el victimario, a un muchacho, un tercero, solo, que presenció todo el ataque sin hacer ningún movimiento. Resultó ser Roberto Jesús Prieto, un argentino de 23 años residente en la misma ciudad, que luego afirmó haber sentido tanto miedo que quedó paralizado. Comentó también a los medios de comunicación que su vida quedó terriblemente afectada debido a las agresiones que recibió de la gente, acusándolo por no haber reaccionado durante el ataque. 

Desde entonces quise saber qué respondería Roberto (o cualquiera de nosotros) si se le preguntara cómo habría actuado de saber que la situación sería grabada y difundida. Porque quizás no es lo mismo, me imagino, saber que nuestras conductas tendrán repercusión global que suponer que nadie sabrá de ellas. ¿Cómo va a influir en el comportamiento humano la pérdida de ese anonimato que fue hasta ahora la regla por defecto?

Enlace al video en cuestión: https://www.youtube.com/watch?v=q4OXjCuLUbY

  1. Londres

La Shoah es quizás uno de los acontecimientos que más interpela a la Humanidad por su mayoritaria inacción frente al Mal. Aún hoy, se siguen revisando experimentos que intentaron explicar algunos de esos mecanismos, como el de Stanley Milgram sobre la obediencia a órdenes, aun al costo fatal del daño a los demás. También están bajo la lupa conceptos como el del Bystander Effect – efecto espectador –, que da cuenta de la dificultad que presentan los seres humanos para reaccionar (o coordinar una reacción) cuando forman parte de un grupo, siempre en el contexto en el que pudieran evitar un acto destructivo inminente o en curso, del que son testigos. Al Bystander Effect también se lo conoce como Síndrome Genovese, en honor a Kitty Genovese, una chica asesinada en 1964 en Nueva York, ruidosamente, que sin embargo convocó más silencios que llamados a la policía. Esas reacciones, o mejor dicho su ausencia, están determinadas por distintas variables como la cultura, la intensidad de la violencia, la dilución de la responsabilidad, entre otras. Según este efecto, el aumento del número de personas parece estar en relación inversa con las chances de evitar un daño del que se es testigo.

Hace un tiempo salió publicado un artículo que escribimos con mi maestro Marcelo Pakman sobre la respuesta negativa que Sigmund Freud escribió en 1938 a Lady Rhondda, directora de un famoso semanario de vanguardia inglés, Time and Tide.  Se le pedía al creador del psicoanálisis una nota sobre el antisemitismo creciente en Londres, apenas un año antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. En aquella réplica Freud – refugiado en Londres y a menos de un año de su muerte allí – describió las penurias padecidas por él y su familia a causa del nazismo, y sugirió entonces que alguien “menos afectado” que él mismo se ocupara de dar testimonio sobre la cuestión.

La carta de Freud a Lady Rhondda constituía una interpelación acerca de quién es apto para dar testimonio y, en esa misma interpelación de alguna forma excluía a las víctimas, pero no por la verdad que portan, sino por su ubicación en la relación víctima victimario. De esa forma, Freud abre la posibilidad de jerarquizar el lugar de un testigo no afectado en forma directa, aun sabiendo que en rigor de verdad esa no afectación es casi imposible. A ese testigo supuestamente no afectado  – y no a la víctima ni al testigo empático – es a quien dirige entonces su mirada desafiante: es mejor que del antisemitismo hablen los demás, no los judíos.

Enlace al estudio en cuestión: http://www.eupsycho.com… 

  1. De Londres a Buenos Aires

Cuando las grandes ciudades no estaban aún saturadas de cámaras que nos miran y graban las veinticuatro horas, la idea de que un delito pudiera ser visto y registrado resultaba algo lejano. Y entonces, si algo de eso ocurría, resultaba asombroso y bien podía transformarse en el guión de un cuento o un film: ambas cosas ocurrieron juntas gracias a Cortázar y Antonioni en Blow Up (1966). Seguramente este film influyó en el cortometraje Testigos en Cadena de Fernando Spiner que ganó, entre otros, el premio internacional más importante en su categoría apenas reiniciada la democracia argentina, en 1984. Mostraba en apenas diez minutos el clima atemorizador de la dictadura reciente, pero también la esperanza de que siempre pueda existir alguien ahí afuera, listo para dar testimonio. Un fotógrafo registra casi por casualidad un crimen, y otra vez la cuestión de qué hacer con la información (y para otros, qué hacer con el fotógrafo). A pesar de tener el ritmo de los ‘80, su breve duración lo sigue convirtiendo, a mi gusto, en un clásico que una vez que arranca, no es fácil de interrumpir.

Enlace al video en cuestión: https://www.youtube.com/watch?v=6D8Xt5TXxlE

  1. Argentina

Hace poco me llamó la atención algo que se repite en las noticias de medios argentinos cada vez que una persona es atropellada en la calle y quien conduce se da a la fuga. Las notas suelen incluir esta frase: “la familia busca testigos”. Hice una búsqueda en google y confirmé la enorme cantidad – miles – de notas con esa misma frase y esa misma estructura, que es más o menos así: María fue atropellada por un automovilista que se dio a la fuga y murió como consecuencia del impacto (o está grave e inconsciente). La familia busca testigos. 

Es entendible: sin testigos jamás habrá justicia. Sin embargo, me llamaba mucho la atención que los familiares de la víctima, justo quienes que están en pleno estupor y, más tarde, en un proceso de duelo, deban ocuparse de esos asuntos cívicos. Pareciera que el Estado no es confiable, que tenemos que arreglarnos entre nosotros.

Parece que como expresaba Jorge Luis Borges en Nuestro pobre individualismo, ya en 1946 vivíamos en un clima – hoy no exclusivo de Argentina – en el que denuncia y delación a menudo resultan sinónimos. Y en el que la autoridad sigue siendo percibida como ilegítima, igual que muchas leyes que intentan regular – sin demasiado éxito – nuestras vidas. En ese contexto pareciera que pedir testimonio es empujar a la gente a convertir a nuestra comunidad en una sociedad de delatores. Sólo podemos hacer cada tanto alguna excepción. El dolor infinito de la pérdida de un hijo, por ejemplo, es el ticket que a alguien le permite “buscar testigos” sin ser un delator. Dejamos a los familiares doloridos que busquen testigos, les permitimos esa excepción que los demás – la mayoría – no nos podemos ni queremos permitir. ¿Cómo hacemos entonces para dejar de ser como esa mayoría? Esa mayoría que permanece silenciosa y paralizada, ya sea en forma individual o grupal, y muchas veces por miedo, como Roberto Jesús Prieto el 7 de octubre de 2007, mientras otro golpeaba ferozmente a una joven en un vagón del Metro de Barcelona.

Enlace al texto en cuestión: https://txarli.wordpress.com…

  1. De nuevo la niñez

En las últimas protestas sobre cambio climático, se han empezado a escuchar a personas cada vez menores en edad. Plantean su preocupación por el mundo que viene y sostienen una posición crítica a los mayores, que son quienes les dejaron el planeta en este estado. Hay una apuesta fuerte a un nuevo tipo de conciencia en la que parece aumentar la responsabilidad que percibimos sobre lo que queremos, lo que somos, lo que hacemos y lo que dejamos de hacer. Al mismo tiempo, hay adultos que posibilitan experiencias como la de Finlandia, que nos muestra que se puede pensar un lugar diferente para la mayoría, un nuevo tipo de testigos que no son ni acusadores ni acusados sino testigos activos, y sobre todo posibilitadores de una transformación de la realidad.

José Nesis