Comer bien, salvar el mundo

por | 18/02/2020

 

La población mundial está en crecimiento.

De acuerdo con los datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, Food and Agriculture Organization) hoy somos 7.700 millones de personas en el planeta y se estiman 9.700 millones para 2050. Un aumento de 26% en 30 años. ¿Y esto qué significa? Pensemos en agarrar a todos los que viven actualmente en África (1.300 millones) y Europa (750 millones), duplicarlos y repartirlos por el mundo. Un montón.

Dejando de lado la conquista de Marte, todos deberíamos poder vivir y alimentarnos con los recursos de nuestro planeta. O, lo que es bastante menos optimista, con los recursos que nos queden después de 3 décadas más en el planeta.

Las proyecciones, con los números actuales, no son alentadoras: más de 2 mil millones de personas tienen obesidad y sobrepeso, otras 2 mil millones déficit de micronutrientes y 820 millones viven con hambre. Además, sólo la agricultura ocupa el 40% de la tierra disponible y la producción de alimentos es la principal causa del cambio climático.

Si este es nuestro punto de partida, ¿es posible alimentar a la población futura con una dieta saludable y dentro de los límites del planeta? ¿cómo deberíamos distribuir la superficie de tierra para que alcance para todo?

The Lancet -revista médica británica- y el Fórum EAT armaron un equipo independiente e interdisciplinario para definir objetivos globales de una dieta saludable y un sistema de producción que permitan plantear metas de desarrollo sostenible para la ONU y el Acuerdo de París y encontrar una respuesta basada en la evidencia.

De acuerdo con su análisis, el sistema alimentario tiene la potencialidad de nutrir a la población mundial estimada para 2050 y contribuir en la sustentabilidad del medio ambiente. Sin embargo, ambos también son una amenaza.

En los últimos 50 años, el hambre, la mortalidad infantil y la pobreza disminuyeron, mientras que el rendimiento de los cultivos y la esperanza de vida aumentaron. Pero estos beneficios también trajeron otro tipo de hábitos: dietas altas en calorías; alimentos ultraprocesados y exceso del consumo de azúcares agregados, grasas saturadas y carnes. Las dietas poco saludables hoy representan mayor riesgo de mortalidad y morbilidad que el alcohol, el tabaco, las drogas y el sexo inseguro juntos.

Por otra parte, el sistema alimentario se convirtió en la principal causa del cambio climático. El agua para la producción de alimentos se duplicó entre 1961 y 2000, las aves en los campos disminuyeron 30% en 15 años, los insectos se redujeron un 75% en 30 años y, de las 14.000 plantas comestibles, menos de 200 son las que se usan para alimentación humana; el 60% de nuestras calorías viene del arroz, el maíz y el trigo solamente.

Para seguir sumando, en un mundo con casi 11% de personas con hambre, un tercio de la comida se desperdicia.

Ahora sabemos que “con una dieta científicamente saludable y definiendo parámetros sostenibles” existe la potencialidad de alimentar a más de 10 mil millones de personas. ¿Qué quiere decir eso? ¿cómo lo logramos? ¿cómo podemos contribuir?

A partir de la evidencia científica sobre estudios de alimentación poblacionales el equipo científico armó una dieta saludable y única para todos. Si bien para el análisis no se tuvieron en cuenta los requerimientos nutricionales específicos, sí se consideraron las realidades locales y regionales. Con información sobre producción, parámetros ambientales y composición del suelo, estudiaron la factibilidad de cubrir la necesidad de alimentos de esa dieta objetivo para toda la población, optimizando los rendimientos y contribuyendo positivamente a los factores que impactan en el cambio climático.

 

Estas son algunas de las conclusiones:

  • Reducir un 50% los desperdicios es necesario.
  • Deberíamos bajar un 50% el consumo de comida no saludable y aumentar un 100% la comida saludable (frutas, vegetales y legumbres).
  • Las frutas y los vegetales son una fuente fundamental de micronutrientes.
  • El azúcar común agregado no aporta valor nutricional y puede provocar efectos adversos.
  • Hasta el 60% del total de calorías podría provenir de hidratos de carbono, poniendo énfasis en los de grano entero.
  • Los cereales de grano entero son importantes por su aporte de fibras y nutrientes. 
  • La ingesta de carnes debería ser menor y redistribuirse entre la población.
  • Mejorar las prácticas de producción permitiría bajar el uso de agua un 30%.
  • El avance de la agricultura sobre la selva y los ecosistemas naturales debería detenerse. Actualmente, solo el 15% de la tierra a nivel mundial tiene protección legal para la conservación del hábitat natural. El “Plan de rescate” de las Naciones Unidas indica que debería conservarse al menos el 30% del planeta, particularmente en las zonas de bosques, humedales, turbales, mata atlántica y otras que forman el grupo con mayor incidencia climática.
  • Integrar el sistema de producción para que las prácticas agrícolas se adapten a las características de los suelos y la disponibilidad de agua es indispensable.
  • La biodiversidad es local y no trasladable. La única forma de preservarla es respetándola.

 

Más allá de repensar nuestra forma de comer y vincularnos con la comida, si un tercio de los alimentos que se producen se pierden, sin dudas hay oportunidades para mejorar este indicador. Las causas de los desperdicios son diferentes en países subdesarrollados y países desarrollados.

En el caso de los países subdesarrollados, la evidencia muestra que los desperdicios y las mermas están en toda la cadena alimentaria. La planificación de la producción, los momentos de siembra y cosecha, los sistemas de riego, el uso inexacto de fertilizantes, el manejo de la producción, el acceso al mercado, la logística, el abastecimiento y el servicio tienen ineficiencias. Hace falta invertir especialmente en las etapas de postproducción, procesos tecnológicos de conservación y soluciones de envasado. Por el contrario, en los países desarrollados se ve que las personas, como consumidores finales, son las responsables. Trabajar en todos y cada uno de los desvíos es prioritario.

Por otra parte, la premisa de duplicar el consumo de comida saludable abre una oportunidad evidente para el desarrollo de alimentos vegetales. Los alimentos basados en plantas son una alternativa pero no hay que olvidarse del riesgo que pueden representar los hábitos de consumo. Los vegetales ultraprocesados, aunque vegetales, también son ultraprocesados. En algunos casos, estos productos incluyen componentes que se relacionan con problemas de salud.

Producir y consumir comida de una manera más eficiente disminuiría el riesgo de cáncer, enfermedades cardiovasculares y diabetes. Contribuiría para evitar 11 millones de muertes adultas por año para 2030 y disminuir la mortalidad prematura un 19%. La estrategia que se plantea para alcanzar el objetivo propuesto incluye además atención primaria de la salud, planificación familiar y educación. Lograrlo también depende de acuerdos entre gobiernos, el sector privado y la sociedad civil, y del compromiso global, regional y local.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el sistema de producción alimentario se diseñó para redistribuir la comida y mantener la situación estable pero ciertas necesidades no estuvieron dentro de las prioridades. Desde sus inicios, las Naciones Unidas estableció el acceso a una alimentación adecuada como un derecho individual y una responsabilidad colectiva. Que todos podamos comer con una dieta saludable es cumplir con el derecho fundamental.

Reconfigurar el sistema de producción alimentario es una necesidad urgente no solo para salvar el mundo sino también para salvarnos. No intentarlo es un fracaso asegurado.

 

Referencias:

https://www.thelancet.com/action/showPdf?pii=S0140-6736%2818%2931788-4

http://www.fao.org/3/ca5162es/ca5162es.pdf