Una extraña placa en Oxford

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Por Christián Carman

Hace unos 10 años estaba paseando por Oxford. Ignacio, un amigo argentino que vivía ahí desde hacía años, me mostraba esos edificios tan impactantes y calles tan pintorescas. Se respira historia, se respira cultura a cada paso. Cuando me llevó a conocer el Harris Manchester College, donde él había estudiado. Me señaló una placa que estaba más arriba de lo habitual, casi en un segundo piso. Era redonda, con fondo azul y letras mayúsculas en dorado. Decía: “Obispo George Berkeley. Filósofo. 1685-1753. Se percibe que vivió y murió aquí”. Me contó que ahí, en esa casita muy pequeña, había pasado sus últimos años ese gran filósofo irlandés. Siempre emociona ver dónde estuvieron los autores que sólo conocimos por libros. Respirar su mismo aire. Pero más que emocionado estaba asombrado por el extraño texto de la placa. No decía, como en tantas y tantas placas conmemorativas, “aquí vivió y murió”; decía: “se percibe que aquí vivió y murió”. Curioso.

En realidad, no sé si efectivamente vi esa placa. Tengo el recuerdo de haberla visto. De eso estoy seguro. Pero de que mi recuerdo corresponda a la realidad, ¿quién sabe? Los neurocientíficos no se cansan de repetirnos que estamos todo el tiempo construyendo recuerdos. De hecho, hace un tiempo escribí en El Baikal sobre una anécdota que creía haber vivido ese mismo día en Oxford (la pueden leer acá), pero cuando la leyó Ignacio, me dijo que eso le había pasado a su tía, no a mí. Y que él me lo había contado. Sin darme cuenta, me había apropiado del recuerdo de su tía. No podemos confiar en nuestros recuerdos.

Pero tampoco en nuestras sensaciones. Todos nos hemos preguntado alguna vez si cuando yo veo azul otro no verá otro color. ¿Cómo saber que la sensación es la misma, si no la podemos transmitir? Yo no puedo ver lo que el otro ve. Pero, peor, yo sólo veo lo que yo veo, no veo el mundo. Me explico. Protágoras, un sofista griego que se vivía peleando con Sócrates, dijo: “de que tengo frío estoy seguro, de que hace frío, no tengo idea”. Yo estoy seguro de lo que percibo, pero no de cómo es el mundo. Tal vez todo es una construcción mental y no hay un mundo afuera que corresponde a lo que percibo. Ciertamente nuestro cerebro tiene la capacidad de crear mundos. Lo experimentamos cuando soñamos. Son mundos en HD, en 3D, con personajes, historias, con todo. ¿Por qué toda nuestra vida no podría ser un sueño proyectado por nuestro cerebro? Sí, es el argumento de Matrix. Pero antes lo propuso Berkeley. Él se dio cuenta de que no hay razones para pensar que hay un mundo afuera, creía que todo era fruto de su imaginación. Que cuando explicaba y daba clases, charlaba con sus propias ideas; que cuando hablaba con su madre o sus hermanos, también. Para él, existía él solo, que interactuaba todo el tiempo con sus ideas. Su propuesta se la llamó “idealismo subjetivista”, o, incluso, “solipsismo”. Sólo él. Y sus ideas. Tristísimo. Él decía: esse est percipi. Ser, existir, es ser percibido. Las cosas existen sólo en cuanto son percibidas, no tienen una existencia más allá. Hermosa definición de lo que hoy entendemos por un mundo virtual, ¿no?

Por eso la placa de Berkeley no dice “aquí vivió y murió”, sino “se percibe que aquí vivió y murió”. Una especie de broma que le hizo quien erigió la placa. En realidad, no sé si existe esa placa. Por favor, si pasás por allá, ¿podés chequearlo? Andá al Harris Manchester College y buscala. Si la ves, existe. Al menos, mientras la estés mirando.

Christián Carman

Placa conmemorativa de Berkeley en Oxford.